
1. Jesús es condenado a muerte
“(…) Mi padre era un arameo errante: bajó a Egipto y residió allí con unos pocos hombres; allí se hizo un pueblo grande, fuerte y numeroso.” (Dt 26, 5)
Estación: Jesús es condenado a muerte: transcripción
Aunque la movilidad humana, en sus distintas modalidades (por motivo de estudios, de trabajo, de perfeccionamiento profesional, por turismo, por búsqueda de mejoras socioeconómicas y también por refugio forzoso) sea un fenómeno creciente en nuestros días, apunta a una realidad antropológica y cultural de todos los tiempos. Desde los orígenes de la humanidad los distintos pueblos buscaron mejores condiciones de vida. El pueblo de Israel interpretó esos mismos orígenes desde la clave de experiencia de Dios y así leyó desde la fe la itinerancia de los primeros patriarcas (Abraham, Isaac y Jacob) como la marcha hacia una tierra prometida y donada por Dios. Esa conciencia de los orígenes de ser un pueblo de migrantes no quedó como mera cuestión cronológica de los inicios del pueblo, sino que además marcó su identidad y su relación con la tierra donde habitar, tierra recibida como don gratuito fruto de la promesa. Así leemos en Deuteronomio 26,1-13:
Cuando entres en la tierra que el Señor, tu Dios, va a darte en heredad, cuando tomes posesión de ella y la habites, tomarás primicias de todos los frutos que coseches de la tierra que va a darte tu Dios, los meterás en una cesta, irás al lugar que el Señor, tu Dios, haya elegido para morada de su Nombre, y dirás: Hoy confieso ante el Señor, mi Dios, que he entrado en la tierra que el Señor juró a nuestros padres que nos daría a nosotros. […] y recitarás ante el Señor, tu Dios: Mi padre era un arameo errante: bajó a Egipto y residió allí con unos pocos hombres; allí se hizo un pueblo grande, fuerte y numeroso. Los egipcios nos maltrataron y nos humillaron, y nos impusieron dura esclavitud. Gritamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz; vio nuestra miseria, nuestros trabajos, nuestra opresión. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte, con brazo extendido, con terribles portentos, con signos y prodigios, y nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. […] Así cuando termines de repartir el diezmo de todas tus cosechas, y se lo hayas dado al levita, al inmigrante, al huérfano y a la viuda para que coman hasta hartarse en tus ciudades, recitarás ante el Señor, tu Dios: He apartado de mi casa lo consagrado: se lo he dado al levita, al inmigrante, al huérfano y a la viuda, según el precepto que me diste. No he quebrantado ni olvidado ningún precepto.
Ante los que hoy siguen condenando a muerte, sin juicio ni proceso, sin otra acusación que el lugar donde han nacido y del que quieren salir y tienen que salir, solo cabe una propuesta: hacer memoria de nuestra identidad como hijos e hijas de “arameo errante”. Recorrer nuestra propia historia de desplazamientos, unos libres y otros más o menos forzados, nos lleva a recibir nuestras actuales condiciones de vida como dones, el don de habitar espacios tranquilos y prósperos. Pero estos dones no son derechos absolutos o adquiridos por nuestras propias fuerzas; son dones destinados a ser adquiridos para ser compartidos, y compartidos no solo con los nuestros; también con las personas que lo necesitan en su condición de inmigrantes, huérfanos y viudas.
