
15. La Resurrección
(…) Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era inmigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y vinisteis a verme. (Mt 25,34-36)
Estación: La Resurrección: transcripción
Nuestra acción hace también presente la resurrección porque actualiza en el ya sí esos “cielos nuevos y esa tierra nueva” que instaura el triunfo de Jesús sobre la muerte. Se hace presente la humanidad nueva, renovada, con una calidad humana que se muestra en la solidaridad, pues es la solidaridad la que engendra humanidad en sentido pleno. Así nos lo anuncia la parábola de Mateo 25,34-40:
Venid, benditos de mi Padre, a heredar el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era inmigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y vinisteis a verme.
Los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber, inmigrante y te recibimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y fuimos a visitarte?
El rey les contestará: Os aseguro que lo que hayáis hecho a uno solo de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis.
En cada uno de estos más pequeños está Cristo presente para que nosotros los reconozcamos, les asistamos con cuidado, les demos vida y recibamos la vida que ellos nos dan. Ellos son testimonio vivo de que somos capaces de lo peor del género humano, pero también de lo mejor.
Tras el camino de la Cruz con Jesús nos queda esa atracción hacia él en las vidas crucificadas que siguen en camino. Contemplar al que traspasaron nos debe llevar a abrir el corazón y a movilizar nuestras manos en favor de la dignidad del ser humano, de todo ser humano, a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y de explotación de las personas, a acoger en nuestra tierra, en nuestra casa común a las personas que llegan a nosotros con el mensaje de que Dios está en medio de nosotros en el abandonado, en la persona migrante, en la persona refugiada y que “lo que hagamos con ellas, a él se lo hacemos”. Dios nos sigue visitando con promesa de vida que se muestra en la trasformación de una sociedad hostil en una familia humana. Esta transformación es reconciliación de Cristo y en Cristo.
Pasemos de la contemplación a la contempla-acción, de la oración al compromiso real, con mirada atenta para descubrir el rostro de Jesús en los rostros desfigurados, rostros que hacen visible la experiencia pascual del Crucificado-Resucitado. Jesús se nos hará presente, se nos aparecerá en esos lugares de muerte, en las marcas de los crucificados que sigue brotando vida. Junto a ellos y con ellos podremos ser constructores de resurrección, artesanos de nueva humanidad. Como afirma el Papa Francisco en su mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres en 2017, que esta realidad de las migraciones “se convierta para nuestra conciencia creyente en un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda. Los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio”.
