11. Mujeres

11. Jesús es clavado en la cruz

Rut respondió a Noemí: «No insistas en que te abandone y me separe de ti, porque donde tú vayas, yo iré, donde habites, habitaré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras moriré y allí seré enterrada (…)». Caminaron, pues, las dos juntas hasta Belén. (Rut 1,16-19) 

Estación: Jesús es clavado en la cruz: transcripción

El libro de Rut nos presenta la historia de dos mujeres, suegra y nuera, unidas en la tragedia familiar y el testimonio especialmente de Rut, mujer extranjera, que renunciando a un futuro posible decide acompañar a su suegra desde su debilidad social de mujer y de extranjera. Vincularse a la suerte de una viuda, sin hijos, sin descendencia, sin futuro… es optar por los vencidos y los fracasados. Y sin embargo de vuelta a Belén esta extranjera da una lección de solidaridad al pueblo de Israel: arriesgándolo todo va a trabajar en la siega, en un campo de varones y se expone por su suegra Noemí. Desde esa valentía y osadía despierta la conciencia y la solidaridad de Israel. Y de esa solidaridad se abrirá un período nuevo de la historia de Israel, pues de ella nacerá la estirpe de David, la familia del Mesías que salvará a toda la humanidad. Así se narra en el libro de Rut 1,16-19:

Rut respondió a Noemí: “No insistas en que te abandone y me separe de ti, porque donde tú vayas, yo iré, donde habites, habitaré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras moriré y allí seré enterrada…”. Viendo Noemí que Rut estaba decidida a acompañarla, no insistió más. Caminaron, pues, las dos juntas hasta Belén. Cuando llegaron a Belén se conmovió toda la ciudad por ellas.

También al pie de la cruz, unas cuantas mujeres se expusieron a ser ultrajadas. Y las mujeres son las que sufren doblemente en las migraciones: por migrantes, por mujeres. ¡Cuántos abusos, cuántas vejaciones, cuántas injusticias sufridas por sacar la familia adelante! ¡Cuánta crucifixión, cuánto sufrimiento desproporcionado e inocente! El mesianismo de Jesús pasa por esa cruz, no porque sea necesario, sino porque Dios abrazó esa cruz llenándola de su presencia. Una presencia que en las mujeres adquiere fuerza más allá de lo inimaginable, de lo inenarrable… Manos y pies agujereados, costados traspasados, cuerpos desgarrados, espíritus ultrajados… y con todo, de ahí brota misericordia, brota lucha por la vida, puertas abiertas a una reconciliación todavía posible. Todavía, todavía… si nos ponemos a trabajar por la justicia que traiga paz. Estas historias de mujeres nos dejan entrever la misericordia de Dios que llega hasta extremos insospechados; nos ayudan a entender las entrañas desgarradas de un Dios que se da sin límites por la sinrazón de un amor que libera y salva. 

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