8. Abusos y explotación

8. Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

Al Siervo del Señor lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malvados y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca… (Is 53,8-9)

Estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén: transcripción

Misterio de nuestra humanidad y misterio de la divinidad que se acerca hasta el ocultamiento más opaco. El Siervo del Señor en medio de sus sufrimientos resulta vida que vivifica. Jesús en su camino de cruz resulta consuelo para los últimos, para aquellas mujeres de Jerusalén que pierden al verle camino de la cruz todas sus esperanzas. La resistencia humana llega hasta límites insospechados y en esos límites cuando toda esperanza parece perdida, se da el consuelo que trasmite vida plena. Las personas que sufren abusos, explotación, que son tratadas como mercancía de compra-venta, puro objeto de negocios lucrativos, no pierden la esperanza ante cualquier adversidad, no pierden el paso decidido hacia ese sueño de vida digna. Escuchemos las palabras que Isaías dedica en el último cántico del Siervo, esa figura enigmática -pues no se sabe si es un personaje individual o colectivo-, esa figura profética que encuentra en el crucificado, y en él todos los crucificados de la historia, el cumplimiento de una voluntad de cercanía misericordiosa de Dios. Isaías 53, 8-12:

Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malvados y una tumba con los malhechores aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca. El Señor quería triturarlo con el sufrimiento: si entrega su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años y por su medio triunfará el plan del Señor.
Por los trabajos soportados verá la luz, se saciará de saber; mi siervo inocente rehabilitará a todos porque cargó con sus crímenes. Por eso le asignaré una porción entre los grandes y repartirá botín con los poderosos: porque desnudó el cuello para morir y fue contando entre los pecadores, él cargo con el pecado de todos e intercedió por los pecadores.

En esa humanidad que sigue en pie, con paso firme hacia la cruz nos llega la reconciliación. Uno más expulsado del sistema, uno más que mejor “que muera por la vida del pueblo”. La divinidad se esconde para dejar paso en medio de tanta inhumanidad a la humanidad auténtica que en su inocencia asume el pecado -con sus dinámicas personales y sus estructuras sociales-; esa divinidad distinta que dice una palabra sobre otra manera de ser humano. Otra humanidad es posible y es la verdadera. En el gesto consolador se está dando ya resurrección, entrega de vida nueva, de humanidad plena. Y ante eso, al final Dios no callará, y su palabra será la última: salvación en el crucificado. Misterio de iniquidad, misterio de generosidad. Queda adorar desde el silencio, queda dejarse envolver y contagiar por la humanidad que resiste y por la divinidad que en medio de su dolor se acerca a sanar y consolar. Cuando lo lógico sería que la afrenta causara una reacción de rechazo, más allá de lógicas y razonamientos, Jesús se vuelve palabra y gesto de perdón, signo de esperanza y hace verdad la afirmación del libro de la Sabiduría: “Dios no se alegra de la perdición de los vivos” (Sab 1,13). La misericordia de Dios es más fuerte que nuestra miseria.

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